Según Garth Haslam, el misterio de la Combustión Humana Espontánea estriba en "la aparente carencia de causas externas de la combustión; en los verdaderos casos de SHC, la única fuente de ignición que la lógica puede dictar es el cuerpo mismo". Pero ya hemos visto que la lógica puede dictar otras muchas fuentes de ignición antes de apelar a un recurso tan extremo e innecesario, con lo que los "verdaderos casos de SHC" quedan reducidos a nada (salvo, por supuesto, aquellos casos que están "pobremente documentados" y "básicamente inconfirmados"). La mente humana ha sido fértil para encontrarle explicaciones inverosímiles a un fenómeno que por lo visto es inexistente, o que siendo caritativos no ha sido nunca comprobado. Las primeras explicaciones eran, como suelen serlo siempre, de carácter eminentemente religioso. De pensaba que el afectado había sufrido alguna clase de castigo divino, lo que resultaba bastante convincente en el siglo XVII. Posteriormente se pensó que la causa de la "Combustión Humana Espontánea" era la excesiva ingesta de bebidas alcohólicas, una hipótesis totalmente implausible pero que retuvo su popularidad durante bastante tiempo. Es indudable que el alcohol si juega un papel, pero no por algún imaginario incremento de la combustibilidad del cuerpo: simplemente, incapacita e insensibiliza a la víctima. Ya en el siglo XX, las "hipótesis" han menudeado; lo curioso es que la mayoría de ellas son aún más extrañas y menos verosímiles que el supuesto fenómeno que pretenden explicar. Entre ellas tenemos los "fantasmas de fuego" (fenómenos poltergeist incendiarios), la "gente eléctrica" (individuos capaces de generar electricidad estática, y que producirían chispazos que eventualmente incendiarían materiales combustibles), cortocircuitos de los campos eléctricos del organismo (por lo visto, esta es una variante de la anterior), la actividad energética geomagnética, alguna combinación química explosiva en el tubo digestivo, los llamados "rayos de bola" (¡nada menos que dentro de habitaciones cerradas!). También han sido implicados la ansiedad y el stress (???), en combinación con procesos metabólicos anormales. Larry E. Arnold, quien escribió un libro sobre el tema, demostró incluso ser más imaginativo: postula nada menos que una nueva partícula subatómica, el pyrotrón (???). Es bastante interesante la teoría de que ciertos tipos de dieta puede producir una "combinación explosiva de químicos en el tubo digestivo". Ésta fue propuesta por Jenny Randles, y explica, entre otras cosas, porque no existen casos de combustión espontánea en animales ni en sociedades no descendientes de europeos. Realmente resulta notable que no se conozcan casos de "Combustión Bovina Espontánea", ni de "Combustión Canina Espontánea", ni tampoco de "Combustión Caprina Espontánea" (al parecer, los caprinos solo son atacados por el famoso "Chupacabras", y las vacas sufren mutilaciones por los alienígenas, pero no suelen explotar en llamas por sí solos; por lo visto, cada especie tiene sus problemas paranormales idiosincrásicos). En lo que respecta a las "sociedades no descendientes de europeos", es de hacer notar que la dieta de los habitantes de las clases media y alta de muchas grandes ciudades Latinoamérica no es tan diferente a la de los europeos y estadounidenses, pero a pesar de eso se oponen enérgicamente a ir inflamándose por el mundo. Algún factor genético, quizás... Como estas explicaciones tan "científicas" no terminan de convencer, hay quien ha postulado la existencia de una "Combustibilidad Preternatural", especie de condición misteriosa que hace que ciertas personas sean capaces de estallar en llamas si se encuentran en las condiciones adecuadas (o más bien, inadecuadas, diría yo) y se exponen a una chispa. Esta explicación no es tan torpe como a primera vista pudiera parecer, pues hábilmente desplaza el foco del problema de la fuente de ignición a la combustibilidad del cuerpo. Así, de golpe, la combustión humana deja de ser espontánea, pues existe una fuente externa de calor, pero sigue siendo igual de indescifrable. Que los escépticos sigan ondeando sus cigarrillos encendidos, sus pipas, sus hornillos y sus lámparas de aceite: tanto da, pues ya el problema no es ese. Demás está decir que nadie ha sido capaz de probar que tal "combustibilidad preternatural" exista, ni dar alguna explicación de los extraños mecanismos que pudieran producirla, ni describir bajo que condiciones debería actuar. Por lo demás, el término "preternatural" implica que "se halla fuera del ser y estado natural de una cosa". ¿Qué puede significar en este contexto? ¿Otra vez la ira divina? ¿Puentes entre dimensiones? ¿Las carrozas de los dioses? ¿Alguna fuerza ignota más allá de nuestra comprensión? Respecto a todas estas teorías, quizás venga a cuento citar aquí una sensata opinión de Jorge Luis Borges, que aparece en uno de los ensayos de Otras Inquisiciones: Otro demérito de los falsos problemas es el promover soluciones que son falsas también. A Plinio (Historia Natural, libro octavo) no le basta observar que los dragones atacan en verano a los elefantes: aventura la hipótesis de que lo hacen para beberles toda la sangre que, como nadie ignora, es muy fría. Otros datos Antes de seguir adelante, quizás sea conveniente dejar en claro algunos puntos que suelen prestarse a confusión cuando se habla de este tema. El cuerpo humano posee, por supuesto, sus propios mecanismos metabólicos para generar calor, utilizando como substratos lípidos y carbohidratos básicamente. Esta es una auténtica combustión, en la que dichos substratos son oxidados, quedando como residuos anhídrido carbónico y agua. ¿Es factible que estos procesos metabólicos lleguen a generar calor suficiente como para producir que un cuerpo estalle en llamas espontáneamente? Aquí cabe una sola respuesta: un no absoluto y tajante. Los procesos metabólicos de transformación de energía dependen de sistemas enzimáticos muy complejos, ubicados en las mitocondrias. Una enzima es esencialmente una proteína que actúa como catalizador de una reacción química. Sin la presencia de estos catalizadores, muchas de las reacciones químicas del organismo simplemente no se producen, o se producen a un ritmo muy bajo. Pero las enzimas solo funcionan dentro de unas condiciones muy definidas, que no pueden variar más allá de ciertos límites. En estas condiciones se incluyen rangos relativamente estrechos de pH y de temperatura. ¿Qué temperatura puede alcanzar el organismo humano en condiciones "normales" y sobre la base de sus propios mecanismos metabólicos? La temperatura corporal normal oscila aproximadamente entre 35,8 y 37,2°C. Por encima de los 42,2°C se produce daño cerebral irreversible y 45,6° se considera incompatible con la vida. Se han llegado a registrar temperaturas de 44 a 45°C en casos de golpe de calor, pero estas no son causadas por mecanismos metabólicos y fisiológicos intrínsecos, sino que dependen principalmente de factores ambientales exógenos, como la temperatura del medio y el nivel de humedad del aire. Existen estados patológicos que pueden cursar con importantes incrementos endógenos de la temperatura corporal. Entre estos encontramos la hipertermia maligna. Se trata de un grupo de trastornos hereditarios que se caracterizan por un rápido incremento de la temperatura hasta cifras entre 39 y 42°C, después de la inhalación de ciertos anestésicos, y que puede ser muy difícil de tratar. Esta enfermedad ha dado pie a cierto folklore hospitalario que habla de pacientes que se han "carbonizado" sobre la mesa de operaciones, cosa que de hecho no ha ocurrido nunca, ni puede ocurrir a esas temperaturas. No; la hipertermia maligna no es, de ninguna forma, una "Combustión Humana Espontánea". Es importante recordar que la homeostasis orgánica se mantiene dentro de unos límites relativamente estrechos. Por encima de cierto nivel de temperatura, alrededor de 42°C, los sistemas enzimáticos dejan de funcionar. Y la producción de calor depende de esos sistemas enzimáticos, por lo que no es de esperarse mayores aumentos de temperatura, salvo circunstancias realmente excepcionales (como el ya mencionado golpe de calor). Ninguna fiebre, por intensa o prolongada que sea, es capaz de incendiar a un paciente. Cuando la temperatura sube lo suficiente, los sistemas que originan el incremento simplemente ya no son operativos El mito rebatido Garth Haslam señala que la existencia de la Combustión Humana Espontánea se basa en tres supuestos principales: que las llamas atrapan a la víctima y la destruyen con gran rapidez, la ausencia de una fuente de ignición externa, y que el cuerpo es muy resistente a la combustión, por lo que el fuego debe, forzosamente, alcanzar temperaturas extremadamente altas para consumirlo; dichas temperaturas son claramente inalcanzables en condiciones habituales. Cuando se revisan los hechos, queda claro que los dos primeros supuestos son claramente erróneos. Como ya se señaló, en todos los casos bien documentados - subrayo lo de bien documentados - siempre existe una fuente externa obvia de ignición, aunque los divulgadores de lo paranormal olvidan decírnoslo con pasmosa frecuencia. En muchos ocasiones las víctimas son fumadoras, en otras es encontrada cerca del hogar de la chimenea o de un hornillo; también ocurre que la víctima haya colocado entre las sabanas de su cama un ladrillo calentado. En aquellos casos procedentes de los siglos XVII y XVIII, la única fuente de luz disponible para la época era el fuego, ya fuera en forma de la llama de una vela o de una lámpara de aceite, como la que se encontró junto a los restos de la condesa Cornelia di Bandi. La suposición de que el fuego se presenta de un modo tal que la víctima cae fulminada en el acto se basa en el hecho de que esta no tiene la menor oportunidad de solicitar ayuda o de efectuar alguna maniobra salvadora efectiva. Bien, esto resulta bastante misterioso, que duda cabe, pero solo hasta que se examinan los casos y se observa una curiosa constante: de un modo u otro, la víctima siempre presenta algún factor que la coloca en severa minusvalía o las incapacita frente a cualquier situación de emergencia; en muchas oportunidades, la víctima pudo haber inconsciente o incluso ya muerta, antes de iniciarse el fuego. En ocasiones ese factor es la edad (la mayoría son ancianos; el famoso John Bentley tenía nada menos que 92 años; John O'Connor, 76); en otras, el hábito alcohólico. Muchas de las víctimas había, efectivamente, estando bebiendo antes de que ocurriera el evento. También pueden coexistir otras circunstancias: Mary Reeser acababa de ingerir dos cápsulas de secobarbital la última vez que fue vista con vida; George Mott tenía una enfermedad pulmonar tan severa que lo obligaba a tener un equipo de oxígeno en su habitación. Es curioso que el fenómeno nunca se presente en adultos sanos; semejante selectividad nunca ha sido explicada satisfactoriamente por los creyentes en la SHC. También resulta extraño que jamás ocurra el fenómeno cuando hay alguien más presente en la habitación: nunca nadie ha sido testigo de una Combustión Humana Espontánea bien verificada. En todos los casos, la víctima se encontraba sola y no fue vista durante muchas horas antes de ser encontrada incinerada. Y el fuego pudo actuar durante todas esas horas. Nos queda el tercer supuesto: como el cuerpo humano es extremadamente resistente a la combustión, algún factor paranormal debe intervenir para que esta se produzca. Aquí es donde los creyentes levantan la enseña de la Combustibilidad Preternatural. Cierto, un cuerpo humano suele ser muy difícil de quemar, hecho del que pueden dar fe los expertos de los crematorios. Estos son constantemente citados por los defensores de la SHC, con declaraciones tales como que ellos "no pueden duplicar la completa destrucción de los huesos en un corto período de tiempo". Pero aquí hay que notar que se asume a priori que la combustión fue muy rápida, cosa de la cual no existe evidencia. Como ya vimos, el cuerpo puede haber estado ardiendo nada menos que durante horas antes de ser descubierto. Y si bien es cierto que para lograr una destrucción completa en un corto lapso se requieren temperaturas muy elevadas, esto es falso cuando se habla de combustiones prolongadas: mientras más larga es la combustión, menores son las temperaturas requeridas para obtener resultados similares. En 1986, cuando un saludable hombre de 58 años, que irónicamente era un bombero jubilado, ardió hasta morir en su casa de Nueva York. Todo lo que quedó de él fueron algunos huesos y dos kilos de blancas cenizas. Como en muchos de estos casos, nada de la casa resultó afectado, y ni siquiera se encendió una caja de cerillas que tenía cerca. Un caso fue el que le tocó al detective John Heymer, agente del Departamento de Investigación Criminal, considerado uno de los mejores investigadores en CHE. Fue requerido a principios de enero de 1980 para investigar un caso en Gwent (Reino Unido). Cuando entró en el salón de la casa lo primero que le sorprendió fue el calor sofocante y la humedad reinante en la sala, así como el tinte anaranjado de la luz que iluminaba lo que quedaba de Henry Thomas, de 73 años. En la alfombra había un montón de cenizas blancas en el centro, en un extremo yacían un par de pies enfundados en sus medias, y en otro una calavera ennegrecida. La luz de la bombilla desnuda se mezclaba con la del día, pero lo que le daba el tinte anaranjado era la fina capa de carne vaporizada y condensada que lo cubría todo en la habitación. Lo realmente extraño del caso es que la habitación no presentaba apenas señales de incendio, tan sólo parte del sillón en el que se hallaba sentada la víctima y la alfombra bajo la que se hallaban los restos, que tan sólo estaba chamuscada unos pocos centímetros. Pero ¿cómo puede arder el cuerpo de una persona que contiene 45 litros de agua?. Si Thomas quedó reducido a cenizas por una elevadísima temperatura, ¿cómo no ardieron otros objetos cercanos más inflamables como la alfombra o el sillón? El forense expuso su teoría sobre lo ocurrido: Thomas, que no era fumador, había caído de cabeza por accidente dentro del hogar de carbón y empezó a arder, cayó de espaldas en el sillón que sólo ardió mientras estuvo en contacto con la llama, al poco tiempo el sillón se rompió y dejó caer a Thomas sobre la alfombra hasta que murió. El resto de los objetos no ardieron debido a que la combustión del cuerpo agotó el oxígeno de la sala, no pudiendo entrar más debido a que la puerta estaba sellada con burlete. Al investigador John Heymer todo eso le pareció falso y expuso su teoría, avalada por años de experiencia en medicina legal. El incendio era un caso claro de CHE; comenzó dentro del cuerpo del fallecido, que empezó a arder en el sillón para luego caer sobre la alfombra para quedar reducido a cenizas por completo. Para el detective la CHE es causada por la reacción entre el hidrógeno y el oxígeno a escala celular dentro del cuerpo de la víctima, y que ésta es la única fuente de calor factible que puede reducir un cuerpo a cenizas. El resto del mobiliario no ardió porque el primer fogonazo consumió casi todo el oxígeno de la habitación, y como la reacción mencionada no necesita un ambiente con este elemento fue la única que pudo continuar hasta que no quedó mas cuerpo que ardiera. Sin embargo sus superiores no le tomaron en serio y el caso fue archivado con la explicación del forense como válida. 
JOSHUAMORI
Como se ha señalado en otras oportunidades, la parapsicología por ejemplo a pesar de ser ciencia, contar con fundamentos científicos, con la ayuda de otras disciplinas, dado a las características de ser ciencia interdisciplinaria, la química, física, por ejemplo, no ha podido encotrar explicaciones a la manifestación del fenómeno.
Lo cierto que su aparición, en donde hay muchos casos que se ha dado, todavía sigue siendo un miestrio aun para los bomberos que han acudido cuando este se manifiesta, para la misma policía y su personal científico. Desde luego hay hipótesis, teorías que han tratado de explicarlo pero no convencen. A manera de ilustrar al lector sobre elllo, citaremos algunos casos que pasan a sewr evidencia de su realidad, tal como lo señala hay algunos aspectos que merecen considerarse como:
El efecto vela explica satisfactoriamente muchas de las peculiaridades asociadas a la nunca demostrada SHC. En una habitación cerrada, con pobre ventilación, el suministro de oxígeno es escaso, se consume rápidamente y mantiene una combustión lenta y humeante. Este humo grasiento asciende y se deposita en el techo y la parte superior de las paredes, lo que ocasiona los conocidos depósitos de material graso. La grasa fundida que cae al suelo pero que no llega a quemarse forma los conocidos depósitos de sustancia amarillenta y maloliente. El daño suele limitarse al área de la fuente de material combustible porque la cantidad de oxígeno en la habitación es insuficiente para iniciar otras combustiones; por otra parte, el fuego se extiende con más facilidad hacia arriba que lateralmente: la base de una llama es la parte de esta que tiene la temperatura más baja. La presencia de daños por calor en objetos por encima de cierto nivel es
debida a que el aire caliente y el humo siempre ascienden
En el caso de Leon Eveille, de 40 años, que fue encontrado completamente quemado en el interior de su coche cerrado en Arcis-sur-Aube (Francia) el 17 de junio de 1971. El calor había fundido los cristales del coche. Se calcula que un coche al quemarse alcanza una temperatura aproximada de 700º C, pero que para que se funda el cristal la temperatura tiene que superar los 1000º C.

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