
JOSHUAMORI
Mientras permanecemos con vida estamos constantemente sometidos a estímulos que de no estar atentos alimentan nuestro ego, orgullo, soberbia, atentando contra la majestuosidad de la humildad. que en ningún momento representa debilidad.
Cuando se ha adentrado en su alcance, lo que representa en nuestro crecimiento persnal y es`piritual, nos damos cuenta lo que ella representa, su importancia de cultivarla, de no contaminarla.
Al respecto Renato Huerta, nos indica, quela humildad es una virtud de realismo, pues consiste en ser consciente de nuestras limitaciones e insuficiencias y en actuar de acuerdo con tal conciencia. Más exactamente, la humildad es la sabiduría de lo que no somos y de lo que no podemos llegar a ser. Es decir, es la sabiduría de aceptar nuestro real nivel evolutivo. Ninguno de los grandes filósofos griegos (Sócrates, Platón ni Aristóteles) elogiaron la humildad como una virtud digna de practicarse, ya que nunca llegaron a desarrollar un concepto de Dios lo suficientemente rico para poner de manifiesto la pequeñez del ser humano.
En Occidente, es sólo a partir del advenimiento del cristianismo que esta virtud llega a ser considerada el fundamento imprescindible de toda moral cristiana. Es por ello que para Nietzsche, uno de los más grandes enemigos del cristianismo, la humildad no puede significar más que una bajeza, una debilidad de instintos propia de quien actúa inspirado por una moral de esclavos. Para su ideal moral del superhombre, en cambio, a la sombra de la humildad hay que oponer la claridad de la altivez, tan alabada por los griegos y desde luego, por Nietzsche. Sin embargo, la filosofía de Oriente, que ha alcanzado un desarrollo espiritual mucho más significativo que la de Occidente, nunca dudó en asignarle un papel relevante dentro de las virtudes del sabio.
Así, los verdaderos maestros de la sabiduría mística del Oriente ascendieron a sus más altos niveles de conciencia trascendiendo su ego, transformándose en seres universales al fundirse con el río del cosmos. Pero para todos ellos los primeros peldaños del sendero estuvieron hechos de humildad.
Más aún, la humildad es requisito indispensable del verdadero aprendiz, del verdadero discípulo, pues mucha de la disciplina de éste deberá estar basada en la conciencia de lo limitado de su conocimiento para precisamente, en razón de esta carencia, buscar activamente llenarse de él, ya sea a través de los maestros, del impulso a la lectura, del diálogo con sus condiscípulos o de la investigación personal. La mente humilde es receptiva por naturaleza y por lo mismo es la que mejor está dispuesta a escuchar y a aprender. En el caso opuesto está la mente arrogante que por saber mucho de algún tema se cree capaz de discernir asuntos sobre los cuales no conoce ni los principios más básicos, creyendo estar preparada para emitir juicios válidos sobre cosas de las que no tiene ni la más remota idea. En esta carencia de reconocimiento de los límites de su conocimiento, el arrogante construye su ilusión de ser más importante que los demás. Habitualmente el arrogante incurre en la crítica destructiva que sólo puede conducir al territorio de las hostilidades, pero que no ayuda a nadie.
Agrega Huerta, que la humildad como conciencia de nuestra falibilidad esencial nos hace más fácil la tarea de reconocer nuestros errores, fundamento de nuestros ulteriores perfeccionamientos. Mientras el soberbio pierde su tiempo criticando o intentando impresionar a los demás, el humilde sigue rectilíneo su camino de superación personal, sin temer recurrir a la ayuda o a la orientación de quienes están más avanzados en el sendero.
Hay quien ha escrito, que Humildad es aceptar los principios naturales que no se pueden controlar. Todo lo que tenemos, desde el cuerpo con el que hemos nacido hasta las posesiones más preciadas, se hereda. Por lo tanto, se vuelve un imperativo moral el utilizar estos recursos de forma valiosa y benevolente. La conciencia de ser un depositario de tales recursos ilimitados y atemporales toca la esencia del alma humana y la despierta para darse cuenta de que, así como en el momento de nacer se heredaron esos recursos, en el momento de morir se tendrán que abandonar. En la muerte, todo lo que acompañará a la persona serán las impresiones de cómo se usaron esos recursos junto con la sabiduría de ser y de vivir como un depositario.
Una persona humilde puede adaptarse a todos los ambientes, por extraños o negativos que éstos sean. Habrá humildad en la actitud, en la visión, en las palabras y en las relaciones. La persona humilde nunca dirá: “no era mi intención decirlo, pero simplemente surgieron las palabras”. Según sea la actitud, así será la visión; según sea la visión, las palabras reflejarán eso y los tres aspectos combinados asegurarán la calidad de las interacciones. La mera presencia de una persona humilde crea un ambiente atractivo, cordial y confortable. Sus palabras están llenas de esencia, poder y las expresa con buenos modales.
Una persona humilde puede hacer desaparecer la ira de otra con unas pocas palabras. Una palabra dicha con humildad tiene el significado de mil palabras.
Finalmente dice Benito Peral, que el humilde es consciente de sus límites y se sabe incompleto. Además es la virtud que nos aleja del narcisismo, todo un trastorno en cualquier personalidad. Dicen que toda virtud está en el término medio, quizás sea mejor la imagen de que toda virtud es una cima entre dos valles que serían sus extremos. Así, la ausencia de humildad sería el orgullo vanidoso mientras que el exceso de humildad sería la indignidad, el considerarse despreciable, menospreciarse y carecer de compasión hacia sí mismo.
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